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Archivo mensual: junio 2012

Película La antena de Esteban Sapir (2007) para descargar

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Título original: La antena

Dirección y guionista: Esteban Sapir

País de origen: Argentina

Año: 2007

Duración: 99 min.

Género: Drama

Reparto: Valeria Bertuccelli, Alejandro Urdapilleta, Julieta Cardinali, Rafael Ferro, Florencia Raggi.

Productora: LadobleA

Web: www.laantena.ladoblea.com

TRAILER:

http://www.youtube.com/embed/h3rwed0Zt6M

 

 

 

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Canelones por Hernán Casciari

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Publicado en http://orsai.bitacoras.com/

Canelones

Hernán Casciari | 19 de abril, 2007

I.

A las bromas telefónicas las llamábamos ‘cachadas’ y eran tan antiguas como el teléfono. Había una gran variedad de métodos, pero casi todos tenían como objeto molestar a un interlocutor desprevenido; sacarlo de las casillas, desubicarlo. Con el Chiri nos convertimos en expertos cuando promediábamos el secundario. Éramos magos al teléfono. Pero entonces ocurrió una desventura que nos obligó a abandonar el profesionalismo. Una historia que aún hoy nos recuerda que llevamos la maldad dentro del cuerpo.
Empezamos, como todo el mundo, siendo niños. Cuando los teléfonos eran negros, a disco y del Estado. Las primeras cachadas infantiles siempre tienen como víctima a personas que se apellidan Gallo (nadie sabe por qué, pero es así). En la guía telefónica de Mercedes había nueve y los llamábamos a todos, uno por uno.
—Hola, ¿con lo de Gallo?
—Sí —decían del otro lado.
—¿Está Remigio?
—Acá no vive ningún Remigio.
—Disculpe, entonces me equivoqué de gallinero —y cortábamos, muertos de la risa.

Existían docenas de estas bromas básicas, y siempre nos las copiábamos de hermanos mayores o primos que ya se dedicaban a otras más elaboradas. Como se comprende, las primeras incursiones en el oficio buscaban sólo la propia risa: una carcajada limpia que no causaba grandes molestias a la víctima.

Ah, ojalá nos hubiésemos quedado en ese punto muerto de la infancia, donde no existen la maldad y la culpa. Pero no: debíamos avanzar, y avanzamos.

En los pueblos chicos siempre circulan rumores, informaciones y datos sobre la existencia de vecinos propicios a las cachadas. Vecinos a los que llamábamos ‘chinches’. Se trataba de una clase de señor mayor que, ante una broma telefónica, desataba toda la fuerza de su ira y era incapaz de colgar el teléfono. Alrededor de los diez o doce años, nos llegó una información de primera mano: había que llamar al señor Toledo y decir la palabra clave.
—Hola, ¿hablo con lo de Toledo?
—Sí.
—¿Está “cornetita”?
Ésa era la contraseña para que el señor Toledo, que tenía la voz aguda y estridente, comenzara a insultarnos con frases llenas de palabras groseras, resoplidos desopilantes y desenfrenados neologismos. Nos poníamos el Chiri y yo en el mismo auricular e imaginábamos a Toledo en su casa, en calzoncillos, con los cachetes de color borravino y sacando humo por las orejas. Cuando, a los diez minutos, su diatriba perdía la fuerza y sus pulmones el aire, sólo era necesario decir “pero no se enoje, cornetita” para que todo comenzara otra vez. Era el desiderátum.

Pero el niño crece, y con él madura también la ambición, la estructura dramática y —aún dormida— gana forma la maldad. Con el Chiri no tardamos en aburrirnos de invisibles Gallos y Toledos, que sólo eran voces incorpóreas detrás de un cable, y nos pasamos al nivel de las cachadas en tres dimensiones, que tenían como víctimas a sujetos presenciales.

A las siete de la tarde, el pelado de enfrente comenzaba a cerrar su negocio para volver a casa, sin haber vendido nada en cinco horas de aburrimiento. Nosotros podíamos verlo, resignado, desde la ventana del comedor. Cuando el pelado bajaba la persiana pesadísima del local, justo antes de poner el candado, lo llamábamos por teléfono. El pobre hombre, que no quería perder una venta, se desesperaba y abría otra vez la persiana, corría hasta el fondo del negocio y, al quinto o sexto timbre, decía jadeante:
—Alfombras Pontoni, buenas tardes.

Colgábamos.

Al rato lo veíamos otra vez, humillado y vencido, cerrar la persiana gigante; le costaba el doble. Su vida era una mierda, se le notaba en los ojos y en la curvatura de la espalda. Entonces el pelado escuchaba otra vez el teléfono dentro del local. “Si el que ha llamado antes llama ahora, quiere una alfombra con urgencia”, pensaba el comerciante, y otra vez le bombeaba el corazón, y otra vez levantaba la persiana, otra vez corría hasta el fondo, y otra vez decía ‘alfombras Pontoni, buenas tardes’, con un hilo de voz.

Colgábamos. Colgábamos siempre.

Un día repetimos el truco tantas veces, pero tantas, que al enésimo llamado falso el pelado no tuvo más remedio que decir ‘alfombras Pontoni, buenas noches’.

Hubiéramos seguido así hasta el final de los tiempos, pero un año después nos dimos las narices contra el futuro. Al primer llamado, el pelado Pontoni sacó del bolsillo un mamotreto con antena y dijo “hola”. Se había comprado un inalámbrico.

La llegada de la tecnología, antes que amilanarnos, propició nuevos métodos de trabajo. Cuando en casa tuvimos el segundo teléfono (uno con cable, otro no) con el Chiri inventamos la telefonocomedia, que era una forma de cachada a dos voces con receptor pasivo. Consistía en llamar a cualquier número y hacer creer a la víctima que estaba interrumpiendo una charla privada.
VICTIMA: —¿Hola?
CHIRI (voz de mujer): —…claro, pero eso es lo que te gusta.
VICTIMA: —¿Diga?
HERNAN (voz masculina): —Lo que me gusta es chuparte el culo.
CHIRI: —Mmmm, no me digas así que me se ponen las tetas duras.
VICTIMA: —¿Quién es?
HERNAN: —Yo lo que tengo dura es la poronga, (etcétera).

El objetivo de este reto dramático era lograr que el interlocutor dejara de decir “hola” y se concentrara en nuestra charla obscena, como si se sintiera escondido debajo de una cama de hotel. Cuanto mejores eran nuestras tramas, más tardaba la víctima en aburrise y colgar. Fue, supongo, un gran ejercicio literario que nos serviría —en el futuro— para mantener a los lectores atrapados en la ficción de un relato. Una tarde, después de diez minutos de telefonocomedia, una de nuestras víctimas comenzó a jadear, y nos dio asco.

Con dieciséis años, o diecisiete, ya podíamos considerarnos profesionales del radioteatro. Habíamos ganado en pericia escénica, en impronta y, sobre todo, en naturalidad de reflejos. El Chiri y yo faltábamos a las clases vespertinas de gimnasia y nos encerrábamos en casa con dos o tres teléfonos, un grabadorcito Sanyo y algunos elementos para generar sonidos de lluvia, de tráfico, de incendio, de ventisca. También teníamos a mano claras de huevo, por si era necesario cambiar los matices de la voz.

No nos hacía falta hablar entre nosotros: nos comunicábamos con gestos y miradas, como locutores de radio detrás del vidrio. Hacíamos magia. Éramos capaces de mandar a un desconocido a la Municipalidad a buscar un impuesto inexistente, seducir a la secretaria de un médico hasta enamorarla, hacer sonar la sirena de los bomberos en el momento que se nos ocurriera y convencer al kiosquero de la 19 y 30 que estaba saliendo en directo para una radio de Luján.

Nos creíamos dioses, y quizás por eso tocamos fondo en el cenit de nuestra gloria.

II.

Promediaba el año ochenta y ocho. Lo recuerdo porque ya usábamos relojes digitales para cronometrar nuestras hazañas. Era de noche y mis padres no estaban en casa. Hacía horas que, con el Chiri, jugábamos un juego apasionante: hacer durar a la víctima en el teléfono a cualquier precio. Cuando te convertís en un profesional de la cachada volvés a lo básico, a lo simple. El mecanismo del juego era llamar a cualquier número y sacar una conversación de la nada. El reloj corría desde el “hola” y hasta el “clic” de cierre.

Esa noche Chiri llevaba una performance ideal: había logrado una conversación de 17m 12s con una señora, diciéndole que hablaba desde la tintorería. Tuvieron una charla graciosísima sobre el planchado en seco y acabaron cantando “Nostalgias” a dúo. Chiri la paseó por donde quiso, con guiños magistrales y toques de genialidad. Era imposible que yo pudiera superar esa maniobra.

Tiré los dados. Me salió el 24612. Marqué el número. Chiri tenía el cronómetro en la mano y me miraba cancherito. Cuando la voz de una vieja dijo “hola” comenzó a correr el segundero.

Yo había desarrollado una técnica, una marca de la casa, que sólo usaba en momentos clave. Era un sistema muy arriesgado que consistía en poner una voz masculina estándar, atónica, pausada, y provocar que la víctima adivinase mi identidad. Aquella noche, en la que sería la última cachada de mi vida, utilicé este método.
—¿Quién habla? —preguntó la vieja después de mi “hola”.
—Lo que faltaba —dije— ¿Ya ni de mi voz te acordás.

Eso era un peón cuatro rey. La apertura clásica. Generaba del otro lado sensación de familiaridad. Siempre hay un sobrino que ha crecido y le ha cambiado la voz, o un ahijado; siempre.
—No sé —dijo la vieja—. ¿Con quién quiere hablar?
—¡Con vos, boludona!
Jugada arriesgadísima. Yo estaba sacando la reina al medio del tablero. Muy poca gente del entorno de una vieja le dice “boludona”. Pero si quería superar el tiempo de Chiri, tenía que actuar como un kamikaze. Funcionó:
—¿Daniel! —dijo ella, en ese tono intermedio entre la interrogación y la exclamación. El tono se llama “deseo”.

La entonación del nombre propio me dio un millón de pistas. Daniel no era un sobrino, ni un ahijado, porque el grito de la vieja había sido estremecedor. No podía ser más que un hijo. Posiblemente, único. Y ese mismo dato me llevaba a otra cosa: el hijo vivía lejos y no era muy dado a llamar a su madre. Me tiré de cabeza:
—¡Claro, mamá! ¿Quién va a ser?
—¡Dani, Danielito! —sollozó la vieja, mientras Chiri, en silencio, se sacaba de la cabeza un imaginario sombrero, rendido ante mi jugada.

Ahora, el tiempo corría de mi parte. Me fui a caminar con el inalámbrico, para que Chiri no intentara hacerme reír con gestos. Él se quedó escuchando desde el fijo. En cinco minutos supe que Daniel vivía en el sur (“¿y hace frío ahí?”, preguntó la vieja en pleno septiembre) y también que la relación entre ellos no había sido, en los últimos años, muy afectuosa.
—Papá hubiera querido que estuvieses en su entierro.
—No es fácil, mamá. Hay heridas abiertas, la vida no es tan simple.

Supe que Daniel tenía una esposa, la Negra, y dos hijos. El más chico, Carlitos, no conocía a su abuela. Supe también que la ciudad en la que vivía Daniel era Comodoro Rivadavia, y que trabajaba en una fábrica de televisores. A los doce minutos de charla, cuando ya todo estaba encaminado para superar el récord del Chiri, la vieja empezó a sospechar algo, comenzó a hacer preguntas ambiguas, y debí improvisar.
—¿Pero cómo es que te escucho tan cerquita, nene? —quiso saber ella, y entonces no tuve opciones.
—Mamá —dije, sorprendido por mi crueldad—. Estoy acá, en la Terminal.

Del otro lado escuché un silencio, y después un llanto contenido. Me di vuelta buscando los ojos de Chiri, que me miraba pálido. No sonreía. Yo sentí, por dentro, la pulsión de la maldad. La sentí por primera vez en la vida. Estaba en el estómago, en el pito y en el cerebro al mismo tiempo, como una santísima trinidad diabólica. Con un gesto, le pregunté a Chiri qué tiempo llevaba. 16 minutos.
—No llores, viejita —dije.
—¿Habías venido ya otras veces a Mercedes? —me preguntó con la voz rota— A veces sueño que venís, de noche, y que no pasás por casa…
—No. No, no… Es la primera vez que vengo, te lo juro. Pero no quería aparecer así, de golpe. Por eso te llamé.
—¡Hijo! —gritó ella, desgarrada— ¡Colgá y apurate, vení, vení!
Casi 17 minutos, hacía falta algo más. Cuando supe lo que iba a decir, mi puño izquierdo se cerró. Ahora creo que la maldad ya me había invadido. Creo que no era yo el que hablaba. Eso que no sabemos qué es, eso que nos hace humanos y horribles, ahora estaba enquistado en mí y yo era su marioneta.
—Tengo que hacer un par de cositas antes, y después voy a casa —dije—. Escucháme, mamá. ¿Me hacés canelones? Estoy muerto de hambre.
—Claro, Dani.
—Siempre extraño tus canelones.
—Apurate, yo ahora te hago.
—Un beso.
—Chau, nene. Estoy toda temblando, apuráte.

Y la mujer colgó.

Lo miré a Chiri, que tenía la vista en el suelo. No me miraba, supongo que no podía verme a la cara. Ni siquiera se acordó de parar el cronómetro, así que tampoco supimos quién ganó. Estuvimos un rato largo en los sillones, sin decirnos nada. Media hora más tarde entendimos que en alguna parte de Mercedes había una casa, que en esa casa había una mesa, y que en esa mesa ya humeaba un plato caliente.

Nuestra adolescencia, supimos entonces, duraría hasta que se enfriaran los canelones de Daniel.

La belleza se encuentra en el ojo de quien la mira

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De ELMUNDO.ES
EXPERIMENTO DEL ‘WASHINGTON POST’

Un virtuoso del violín, ignorado al tocar en el metro de Washington

 
 
MADRID.- El violinista estadounidense Joshua Bell ha demostrado que, pese a tocar magistralmente, si es en el metro de Washington, los pasajeros pasan de largo.

El experimento, planificado por el diario ‘The Washington Post’ y publicado en su dominical de esta semana, consistía en observar la reacción de la gente ante la música tocada por Bell, uno de los mejores violinistas del mundo, que aceptó la propuesta de actuar de incógnito en el subterráneo estadounidense.

El 12 de enero pasado, a las 07.51 de la mañana, el artista y ex niño prodigio comenzó su recital de seis melodías de diversos compositores clásicos en la estación de L’Enfant Plaza, epicentro del Washington federal, entre decenas de personas cuyo único pensamiento era llegar a tiempo al trabajo.

Un experimento del ‘Washington Post’

La pregunta que lanzó el rotativo era la siguiente: ¿Sería capaz la belleza de llamar la atención en un contexto banal y en un momento inapropiado?

En ese momento, Bell, ataviado con unos vaqueros, una camiseta de manga larga y una gorra, comenzó a emitir magia desde su Stradivarius de 1713 -valorado en 3,5 millones de dólares- ante las 1.097 personas que pasaron a escasos metros de él durante su actuación.

En los 43 minutos que tocó, el violinista (nacido en Indiana en 1967) recaudó en su estuche 32 dólares y 17 céntimos -donados a la beneficencia-. La cifra es está muy lejos de los 100 dólares que los amantes de su música pagaron tres días antes por asientos decentes (no los mejores) en el Boston Symphony Hall, que registró un lleno completo.

En cambio, en L’Enfant Plaza, alejado de las campañas de promoción de su arte, fuera de los grandes escenarios y con la única compañía de su violín, a Bell sólo lo reconoció una persona y muy pocas más se detuvieron siquiera unos momentos a escucharle.

Leonard Slatkin, director de la Orquesta Sinfónica Nacional de Estados Unidos, dijo al Post que calculaba que “entre 75 y 100 personas se pararían y pasarían un rato escuchando” al artista, aunque nadie cayera en la cuenta de su identidad a primera vista.

30 segundos hasta el primer dólar

De hecho, pasaron tres minutos y 63 personas hasta que alguien se cercioró de que, efectivamente, una melodía sonaba en el subterráneo.

Un hombre de mediana edad fue el primero en apartar la vista del suelo, aunque fuera por un segundo, para dirigirla hacia Bell.

Treinta segundos después llegó el primer dólar y a los seis minutos alguien decidió pararse por un momento para apoyarse en una de las paredes de la estación y disfrutar de la música.

El violinista comenzó con la interpretación de la chacona de la Partita número 2 en Re menor de Johann Sebastian Bach y siguió con piezas como el Ave María, de Schubert, o la “Estrellita”, de Manuel Ponce.

Siete conquistas, 27 ‘colaboraciones’

En total, fueron siete los individuos que detuvieron su marcha para escucharle, mientras 27 decidieron contribuir a la “causa”.

Aunque sólo lo reconoció una mujer que había estado en uno de sus conciertos, en general quienes se pararon a escucharle percibieron que el artista no era un pedigüeño cualquiera.

“Era un violinista soberbio, nunca he oído nada así. Dominaba la técnica, su fraseo era buenísimo. Y su cacharro era bueno, también, el sonido era amplio, rico”, describió John Piccarello, un supervisor postal que en su día estudió violín.

Otro pasajero que se detuvo a oír al virtuoso fue John David Motensen, funcionario del Departamento de Energía, que sin los conocimientos de Piccarello sí explicó al Post que la música de Bell le hacía “sentir en paz”.

La belleza, en el ojo que mira

El redactor del Post, Gene Weingarten, que ideó el experimento, ha afirmado durante una charla con los lectores del diario que retrasó la publicación del artículo debido al premio ‘Avery Fisher’, el más importante de la música clásica, que recibirá el artista mañana.

En conclusión, según el Post, los ciudadanos de Washington hicieron bueno el refrán que defiende que “la belleza se encuentra en el ojo de quien mira”. Y en el oído de quien escucha, al parecer.

El hábito no hará al monje -o el Boston Simphony Hall al violinista-, pero bien que le ayuda.

Werner

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WERNER

 Werner era ignorante, inmoral, morboso, sórdido, mentiroso, feo, malpensado, sucio, execrable, pervertido, impuntual, lujurioso, porfiado, haragán, egoísta, académico, desordenado, inhábil, detestable, mezquino, huraño, holgazán, intrigante, creído, lascivo, desatento, inmundo, culturoso, avaro, soberbio, presuntuoso, insensato, trasnochador, malviviente, vanidoso, antipático, demasiado pagado de sí mismo, torpe, desconfiado, tramposo, estafador, avieso, desabrido, irascible, fatuo, obstinado, vicioso, displicente, mugriento, abstruso, depravado, cruel, chismoso, grosero, despiadado, soez, intrigante, presumido, testarudo, perverso, descarado, tacaño, glotón, vago, informal, quisquilloso, intratable, engreído, malicioso, suspicaz, malcriado, necio, entrometido, jactancioso, fullero, senil, descortés, atolondrado, fanfarrón, insufrible, terco, desleal, inmaduro, ruin, maleducado, simplón, incapaz, desvergonzado, pérfido, fluctuante, cargoso, lerdo, rústico, descocado, receloso, esquivo, hostil, atropellado, enredador, infame, adulador y malhablado. Es una suerte, hija, que no te hayas casado con él.

 

Leo Maslíah

Extraído de La Tortuga y otros Cuentos

El día que mataron a Alfonsín (1986) de Dalmiro Sáenz y Sergio Joselovsky en pdf

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El día que mataton a Alfonsín en pdf sáenz, dalmiro & joselovsky, sergio – el día que mataron a alfonsín [pdf]

Radiografía de la Argentina, hay quienes leyeron en este libro: circunstancias políticas o imaginarios populares sólo de los ’80.

La vigencia y la raigambre que tiene “El día que mataron a Alfonsín” con nuestro ser nacional, se ve sustentada con los guiños constantes a otras obras de literatura política argentina (“Como diría Soriano, Garlopa nunca debe haberse metido en política, siempre fue peronista nomás”. En referencia a “No habrá más penas ni olvido” de Osvaldo Soriano), con la precisión con que detalla las mesas de negociaciones en que se cuecen habas y con la exactitud en que enmarca nombres y hechos (Coty Nosiglia, Chacho Alvarez, Neustad y Grondona, Pablo Giussani, Emilio de Ipola, Juan Carlos Portantiero y un larguísimo etcétera)

Pero el aroma de la fotografía es más fuerte que eso: nos mete de lleno en la neurotización de que los servicios públicos funcionen detestablemente mal, un ENTEL que irrita hasta el hartazgo ante una llamada que debe realizarse y se convierte en una cuestión–literalmente- de vida o muerte.

Nos traslada a que temas tan cotidianos como la inflación, la corrida tras el dólar (bien orquestada por grupos financieros desestabilizadores) o a las madres de Plaza de Mayo.

Visionariamente soslaya a la computación como un elemento fundamental dentro de los centros de información y su determinante papel en el accionar político.

Arranca como un “novela todoterreno” dispuesta a comerse al mundo, con una versatilidad, dinámica y agilidad, que hacen que las hojas sean atrapantes, intrigantes, envolventes.

Promediando los tres cuartos de libro, el pico descendente se hace evidente, y el juego literario, hasta entonces prodigiosa y equilibradamente, llevado a cabo en tres escenarios que constantemente interactúan, es devorado sólo por la parte política.

El final es épico, pero el vilo hasta que las últimas líneas se suceden ya no es constante, es un golpe certero y a la mandíbula. Pero el súmmum del show había ocurrido dos rounds atrás.

“El día que mataron a Alfonsín” deja increíbles momentos lúcidos, hermosas pinceladas de amor al arte, construcciones entre dimensiones culturales atrozmente en pugna y que fatalmente se necesitan. Algunos extractos:

“Garlopa se levanta, lo mira un rato. El hombre pretendió imprimir a sus facciones una energía que jamás había poseído pero su labio inferior lo traiciona, un temblequeo ingobernable aparece en su boca. Es abogado. Alguna vez en su estudio o en los tribunales ha tenido que enfrentar las ideas de otros hombres. En el mundo de las ideas es un hombre fuerte; también para los negocios tiene fama de duro, pero las reglas de juego en este momento eran otras y su labio continuaba temblando; sentía también la camisa empapada de transpiración”

 “No fingían, realmente estaban conversando. Hablaron después de fútbol, de un número que hacía meses que no salía en la quiniela y de otras cosas mientras se turnaban para golpearlo. Descansaban cada tanto y después continuaban. Garlopa fingió un desmayo y ellos fingieron creerle, porque los dos estaban cansados.”

 “Vos no tolerás la fealdad, sos como yo, no tenés moral, no creés en lo malo, creés en lo feo.

 — Sí.

 — No toleras a los normales; la normalidad para vos es mediocridad. Estás más cerca de los Garlopas que del contador de tu empresa.”

“— Después de los catorce nunca.

 — ¿A los catorce fue la última vez?

— Sí. Una noche te fuiste a bañar desnuda en la pileta. Te miré desde la ventana de mi cuarto.

— ¿Sabés una cosa?

— ¿Qué?

— Yo sabía que me estabas mirando. Él estiró la mano y apagó la luz. Ninguno de los dos dijo nada. Ella se había alejado de él y estaba en algún punto de esa oscuridad. Pasaron como cinco minutos. En eso se oyó la voz de ella decir:

— Estoy en bolas, Heredia.

 — Yo también —le dijo su padre—.

Entonces ella prendió la luz. Los dos estaban vestidos. Ella tomó sus cosas y antes de irse le dijo:

 — Hasta mañana papá.”

 “— El Hétor dice que Dios no existe.

— No existe cuando las cosas andan bien, pero cuando andan mal existe —contesta ella—.”

 “Era una mirada con algo de madre y algo de hija, un suave enojo, un brevísimo temporal en un vaso de Nesquik.”

“— No quiero —dice Claudia. Cuando te quiero mucho no te hago caso.”

“Los dos cuerpos yacen ahora vacíos y llenos de sí mismos. Parecen dos muñecos de trapo sonriendo sobre una cama. Cuando se despertaron al día siguiente todavía estaban abrazados.”

“Tenía un saquito de lana colorado sobre los hombros, los ojos irritados por la vigilia y el llanto y una actitud de desamparo, fingida y verdadera.”

“De la nariz bajaban hasta los costados de la boca dos surcos como un gran paréntesis encerrando un mal olor. Las pestañas estaban bajas, parecían mirar las mejillas desabridas que Gutiérrez, también miraba sin pensar en los besos o las caricias que la vida les había escatimado. Gutiérrez no pensaba en esas cosas, como tampoco pensaba en sus propios pensamientos, como si el pensamiento fuese una consecuencia de una información que el azar colocaba en la húmeda computadora de su cerebro y no una causa para futuras ignorancias. Gutiérrez ignoraba la ignorancia.”

“Sintió también la torpeza de una mano inexperta acariciándole la nuca.”

“— Pero, usted en política está.

— No… yo trabajo para el gobierno, en política no me meto… Hace veinte años que trabajo para el gobierno.”

“Pero lo cierto era que no lo escuchaban a él, que se había pasado la vida escuchando. Y que gracias a lo escuchado por él habían sido detenidos y eliminados centenares de enemigos del gobierno. Porque sólo se lo escuchaba cuando repetía cosas de otros, pero nunca las cosas de él, como si no tuviera voz propia, como si no existiera.

— Sí, entre ellos se escuchan pero a nosotros no nos escuchan. Él la miró intrigado. No le hacía mucha gracia estar en el mismo casillero que ella, pero la realidad era ésa y, además, ya se había enamorado, aunque todavía no lo sabía.”

 “Federico Fellini hubiera ofrecido un millón de dólares para que lo dejaran filmar ese cerebro. Porque una cámara hubiera registrado, por primera vez, cómo es la batalla decisiva entre la mediocridad y el idealismo.”

“Estoy metido con este país, carajo, estoy metido… es el metejón de mi vida. Tal vez a Perón le pasaba lo mismo, uno se enamora de su propio país como le pasa a esta gente. ¿Por qué están acá? ¿Por qué nos miran? Tiene que ver con la idea de patria, tiene que ver con la necesidad de mirarse en un espejo que refleje lo que son y lo que quieren ser, porque la idea de patria es eso, es compartir un vínculo de uno mismo, con nosotros mismos… Sí, eso es el patriotismo, es como el amor de las parejas.” (Alfonsín)

“Ser sano en un mundo enfermo, ¿no será la más atroz de las enfermedades?”