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Agónico exquisito (o el cadáver que no quería morir). [cadaver exquisito]

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Pintura: “Se encontraron en la punta de sus confusiones” de Felipe Giménez

 

Agónico exquisito (o el cadáver que no quería morir)

Quiso venir, quiso llegar, “curado de espanto”, tentando a las vicuñas, a los soles, a los dioses. Almibarando su cerrado corazón, con un recuerdo bonito, con un beso que se fugó.
Las cosas que se fugan, evaden la urgencia de detener el tiempo en un acto infinito, imperecedero y paradójicamente, aún en la mayúscula evasión, dejan una estela imperceptible que conduce a todo buen caminante por un desfiladero del que nunca se yerra si se quiere alcanzar la nostalgia.
Una estela invisible, como una huella en la arena, como el cajón multicolor de los recuerdos, que abierto de par en par hace que se escapen de sus veteadas paredes marrones: barriletes andariegos, poesías soñadas que jamás se escribirán, suspiros al aire de adolescentes enamorados, la loca risa juvenil de vivir tropezando sin dar explicaciones, alimentada por su propio tropiezo y por su propia falta de explicaciones.
Cuando se sana del espanto, alguna cosa recobra algún sentido. Amanecer, por ejemplo. El hálito humeante al contacto con el aire helado, la bocanada de vapor, nos revela de pronto, lo lúdico. Una taza de café caliente alcanza una magnificencia inexplicable, su olor puede incluso emocionarnos. Un día de viento regala la excusa para carretear un barrilete y entonces, tal vez, se vuelve a tropezar uno con la risa.
Breve artilugio del lenguaje: sin razón a secas, razón a secas, la boca seca. Hálito, humeante, helado. Vapor, café, viento, barrilete, risa. Gusto a frutilla, un pullover con un olor suave: mezcla de tabaco (de la noche anterior) y de perfume. Sentidos, sonidos, latidos. -¿Veo veo?-¿qué ves?-una cosa-¿qué cosa?-maravillosa -¿de qué color?-color…color…violeta
Jugar. Tan solo eso. Volver a jugar, o jugarse, a perder o ganar. Tener ganas, canjear figuritas repetidas por nuevas, dar de comer a los peces, a las palomas, a las hadas, saltar los charcos, pisar todas las hojas secas de la vereda, dibujar, dibujar letras, garabatear, escribir, delirar, volver a escucharnos reír.
Tiempo. Tiempo de volver o de cosechar, tiempo de alabanzas o de implorantes rezos. Tiempo en que la lluvia besa los trigales, tiempo de inundación y de represalias. Tiempo sin tiempo. Acorazado tiempo. Tiempo de vaivenes y de calmas supremas. Tiempo sin relojes. O sin relojes de arena. O sin arena. Estrujante tiempo. Divino tiempo. Soberbio tiempo.
Desanestesiarse. Lo aséptico, lo analgésico, lo anestésico, lo esterilizado, lo inmaculado, lo impoluto. Lo escéptico, lo incrédulo, lo medroso, lo escrupuloso. Vaciarse. Quitarse estos ropajes, poner en piel, lo que en el mundo existe, sentir. Sentir a tiempo.
Lo socrático. Lo retórico. Lo retorcido. Lo siniestro. Lo ominoso. Lo simple, lo llano, lo sencillo. El amor como una palabra más, como una estructura vacía de sentido. EL AMOR rompiendo toda estructura del lenguaje, desarticulando las arterias, los verbos, los racimos, los versos, las angustias. Escandalizando al universo. Volviéndolo habitable.
Encontrar un lugar habitable. Habitarlo. Haber lamido suficientemente cada herida, sin ocultar la piel al sol.
Fatiga de vivir soñando. De encontrarme y de perderme. De encontrarse y de perderse. Que la madrugada no tenga horas. Ni principio, ni final. Que sea por una vez en la vida: un diminuto rayo de sol que alimenta el alma.
Lo esencial, realmente solo es “visible” para aquel que asume ir más allá de lo aparente, para el que corre el velo, para quien está advertido de su ceguera, y la deja caer.
Un velo que cae: una ingenuidad que se pierde. Una apariencia que se dibuja en una taza de té de limón. Trepar, trepar terrazas, “trepar radares militares”; trepar cicatrices y peces. Trepar cinturas, trepar al cielo intentando abrazarlo. Luego, enmudecerse, sintiendo el viento en la cara.

Y el viento sopló. Y arrebató a su paso todas las hojas
y los peces… y los velos.
Lejos sopló.
Fuerte, sopló.
Acaso se llevó sin saberlo,
de viaje,
al alma.
Derrumbe desde el la azotea más alta.
Rastreo en los zócalos y en las baldosas,
De las migajas, de los restos, del más
Milimétrico rasgo de lo que se ha sido.
Buscar, merodear las esquinas, viejos bares, almacenes, puertos, estaciones de tren, baldíos. Olores en el aire, en un viejo saco, restos en los bolsillos. Revisar dentro de libros, en los cajones, debajo de la cama. Bajo el felpudo donde duerme el gato.
Entre las fotos. En las enciclopedias, entre expedientes, entre las boletas de impuestos. En el canasto de la ropa, en la heladera, en el agujero en la madera de la mesa, en el espejo. En el fondo de la caja de Pandora.
Y no hallar. Que los peces se escapen de las manos, que las respuestas no contesten lo que preguntamos. Mirar para arriba y que un grandísimo signo de ? esté sosteniendo el universo. “Restregarse con arena el paladar”, como en un tango fatal, como en un tango bailado en solitario y sin partenaire. Y, ahí, justo en esa desdicha y en esa desazón: que el trino tonto del gorrión vuelva, para iluminarnos, para darle risa a la risa, vida a la vida.

[cadaver exquisito con DLR]

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Acerca de toctocneo

Videos, películas, música, literatura y algunos otros condimentos que me gustan muchísimo! También hay escritos personales

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