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Archivo mensual: agosto 2012

Bisturí, sístole y bostezo (o síndrome de las cosas que pasan)

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Bisturí, sístole y bostezo (o síndrome de las cosas que pasan)
[Cadáver exquisito con DLR]

Ese, fue uno de esos días en que no existe lugar del mundo en dónde repararse. Se siente incómodo todo ropaje, no ofrece abrigo la manta de la cama, los pájaros vuelan en estampida y no hay más boletos capicúa, ni tréboles, ni huesos de pollo que puedan con la suerte.

Que el pronóstico anuncie buen tiempo, y entonces salir sin paraguas, pero que a media mañana: el cielo abra su furia y omnipotencia, y nos encuentre frágiles e inermes. Intentar volar, pero comprobar que un ala está herida. Querer bailar con una pierna rota. Querer crecer e involucionar. Querer callar y terminar hablando. Querer no escribir y ser un grafómano.

En esos días es mejor atarse los zapatos sin cordones, abrir todos los cierres relámpago, para que no se dispare la tormenta, ponerle mermelada por el borde a la tostada (por eso de las leyes de Murphy), y sacar a pasear al pez en su burbuja…por si el techo se desploma. Ese día, al menos, hice todo eso.

Se saca a pasear al pez con una soga al cuello, cual can. Se viste y pinta uno de colores variopintos, cual payaso. Agarra el espejo más grande del universo y frente a él: reírse hasta quedar tendido agarrándose la panza, recordando paulatina y brevemente el poco afán por la tragedia, lo insignificante que son los problemas ante la prueba y error del absurdo (y del escándalo).

Entonces, si uno logra quedar frente a ese espejo, si uno ríe hasta quedar doblado por la risa, recobra la vista. Se puede ver el mundo. Comenzar, o volver a ver, según el caso. ¿Qué sería lo deseable, qué debería ordenarse, o por el contrario, derivar en la más pura entropía si se tiene la posibilidad de recobrar un don tal? Sacarse la ceguera requiere de una obra de restauración.

“Encaracolarse”, balbucear una sandez, aunque sea chiquitita, como para salirse del letargo, desparramando la modorra como un perro mojado que se sacude. Decir, por ejemplo, la palabra “universo” y contemplar a pura ciencia cierta cómo esa articulación, en apariencia anodina va formando figuras multicolores en toda la habitación. Como despliega su magnificencia y va cobrando sentido, hasta llegar a ser un perfecto salto de espaldas y en el aire y entonces quedar por un instante suspendido en el espacio: no saber si se atravesará o no la imaginaria barra horizontal.

¿Qué nos espera del otro lado? ¿Qué es lo que hace que en esas milésimas de segundo el aire sea un bisturí desgarrando la masa contorneada de un cuerpo que se retuerce, se estira, se quiebra, en una forma única que alcanza el dolor de la belleza?
Salto al vacío en el que no adivinamos de qué cara caerá la moneda.

Jugarse la suerte en un “cara o cruz”. Mientras la moneda da vueltas en el aire, el riesgo hiela la sangre, el corazón dispara una sístole de más. Cuando la moneda cayó en la mano, ella se cierra. No deja ver el resultado del azar. Brota el silencio.

Una posibilidad es ganarle a la moneda. Luego de haber transitado infinitas veces correr el sudor frío, las manos temblorosas, el nudo en la garganta, el trago amargo, el corazón saltando del pecho, el quedarse helado, el morir de miedo… el no querer mirar, ver y no ver… aún los queda el artilugio de desafiar a la moneda.
Esta vez soy yo quien elige: Elijo “cara”.

Cruz en la mano que se abre. Cruz en las espaldas y Cristo en la cruz. Cruzarse de vereda, cruzar los dedos, cruzar en diagonal. Cualquier crucifixión arroja su pascua, su resurrección.

¿Qué otra cosa acaso que rendirse ante la evidencia de los hechos? Plan a: Escribir el manual del buen perdedor, barajar y dar de nuevo, arrojar los dados (esta vez) cruzando los dedos. Plan b: no hay plan. Ya no aguardar sentado a la diosa fortuna. Entonces, al voltear la vista al cielo (sin esperar los peces) el universo se transforma en un puro festival para los ojos, ni más ni menos que eso, al que miro extasiada.

Torcer la vista por flojo, por perezoso, por bizco, por torpe. Que aquella estrella no diga ningún nombre, ni siquiera el mío. Intentar un festival de besos con la mente, pero que la imaginación yerre en el fantaseo. Abrazar una almohada, morder una sábana y nunca escribir. Nunca escribir porque no hay ganas. Ni siquiera aquí y ahora.

La opción: esperar a que el día finalice. O por lo menos, este. Volver la almohada a su lugar, borrar cualquier vestigio de mordida en la sábana e intentar dormir, a fuerza de pastillas para no soñar. El despertador sonará a las 6: 00. Mañana hay que cubrir el festejo del “día de la marmota”. Todo empieza otra vez.

Repetición cruda y concisa. Repetición de los soles y de las realidades. Repetición certera y eficaz. Repetición de la repetición y repetición por pura repetición. Fatalidad circular y falta de fuerzas (de estrategias) para romperla. Tirar la toalla y abandonarse. Y luego de esa muerte sí, que al fin el rayo de luz sea otro.

Estirar el brazo antes que el despertador suene, ganándole de mano. Despertar por ese rayo de luz que nos da en la cara, que se cuela entre las cortinas, que en sí, es otro. Y eso lo cambia todo: ya no ver más que luz en cada cosa, o mejor, ver la luz de las cosas. Verlas iluminadas, con claridad, captar lo claro aún en la opacidad. Verlo todo distinto. Renacer de nuevo, con la luz.

La ciudad da su primer bostezo del día, estira los brazos y se despereza; entre el tránsito: rostros anónimos que aún no tienen biografía. El café caliente le recuerda a cada alma, cuál es su vida. Las medialunas le avisan a cada cuerpo su posición en el espacio. Espíritus que lentamente salen de su anonimato y se van incorporando al mundo. Luego: vientres, flores, imitación de clowns, olores a pan caliente, fríos que se cuelan por hendijas de ropas que la gente olvidó cerrar del todo, narices rojas, bufandas, trajes u overoles, fábricas u oficinas, destinos de trabajos, seres vagando: todavía nadie sabe del todo quién es quién.

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Un oso rojo (2002) de Israel Adrián Caetano para ver online

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“Un oso rojo” es la historia de amor de un padre por su hija. Rubén (Julio Chávez) sale de la cárcel y se ha perdido los primeros años de vida su única niña. Trata de recuperar el tiempo perdido, pero las circunstancias y su propio pasado como delincuente atentan todo el tiempo contra esa iniciativa. Entre la rudeza de un mundo criminal en el que se desenvuelve como pez en el agua y la fragilidad tierna que le inspira su hija, oscila este Oso. Hombre silencioso y de mucha acción, dirige su brújula con valores impecables en una Argentina del conurbano bonaerense que a cada rato intenta trampearlo y que claudique en sus esfuerzos.

La película atrapa desde sus primeros instantes por la vertiginosidad en que los hechos se suceden. Para la posteridad quedaran escenas como la siguiente:

Luego de un atraco, Rubén trata de convencer a Sergio (Luis Machín) de que agarre un bolso que le entrega lleno de plata.

Sergio: Mirá, yo no quiero tener quilombos, no quiero guita choreada…

Rubén: Dejate de joder, agarrá eso: toda la guita es afanada

Para ver online: