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Archivo de la categoría: FOTOS! (E IMÁGENES!)

Para contemplar en silencio o con música chill out

Resurrecciones

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C

“Pronto verán: Resurrecciones en el mundo”
(Dos edificios dorados, letra de David Lebón)

 

Resurrecciones

 

Si atrás de cada tormenta

Se escondía un río de sonrisas.

Si atrás de cada traición,

Se abrían mil inesperadas

Puertas floridas.

 

Si atrás de lo agónico,

Se hallaba la felicidad,

El encuentro,

Lo mágico, lo misterioso,

Lo único, lo duradero

Y lo perfecto.

 

Si apenas, dos pasos,

Más adelante en el tiempo,

Aguardaban la dicha

Y el encanto,

Lo sublime y lo bonito.

 

Si el dolor era una excusa,

Para que la plenitud

Sea completa

De a de veras,

Majestuosa y triunfal.

Altanera, prepotente

Y elegante.

 
 

Si cada Pascua,

Y cada crucifixión,

Eran la irracional desazón,

De no comprender,

Que después de ellas,

Vendría la más hermosa

De las resurrecciones.

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Dos días en un día

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Dos días en un día

Cuesta arriba o cuesta abajo. La cuesta cuesta. Y ¡ay! Si me pesan los pies y los engranajes granujas de este reloj. Que todo lo sepulta y atraganta, que todo lo regula y lo aguarda, que todo lo maneja a su capricho o antojo.
¿Y mis teorías acerca de la nada? ¿Y mis teorías acerca de los “algos”? ¿Y mi insensatez? Tan inquebrantable y persistente.
Hoy sería mejor conseguir un montículo de hojas secas de otoño y bajo su cobijo dormir con los amigos de la infancia –en la infancia-. Que Dios trampee un poco el tiempo y nos meta de nuevo en la niñez, en la inocencia, en el conocimiento sólo de la bondad. Y así, en un pasto amarillento de inmensos terrenos baldíos de un pueblo perdido, taparnos el cuerpo con hojas otoñales, dejando solamente afuera la cabeza para poder contemplar el cielo y las viajantes nubes que por él pasean. Haciendo una frazada de hojas, que nos una, que nos alivie, que nos haga soñar una y otra vez con aquello que seremos en el futuro. Soñar con ser grandes, soñar con ser libres, proyectar para adelante un horizonte de bienaventuranza. Soñar con soñar.
¿Hay algo más dulce aquí y ahora que el recuerdo de atardeceres interminables, donde el tiempo parecía no transcurrir jamás, donde la felicidad se resumía en charlar con los amigos, en la amistad charlada? Donde nubes dibujaban cosas, donde cosas eran dibujadas por nosotros en el rastro de las nubes. Donde los mismos terrenos podían convertirse en un potrero, en una cama gigante o en el perfecto lugar para remontar barriletes.
Cuesta arriba o cuesta abajo. Cuesta. Escalar cuesta. Descender cuesta. Cuesta la cuesta. -¿Cuánto cuesta? -¿Es barato?, “deme dos”.
Cuesta arriba o cuesta abajo. Votar cuesta. Pensar cuesta. Democratizar cuesta. ¿Cuánto cuestan las encuestas? ¿Encuestar cuesta? ¿Cuesta arriba o cuesta abajo?
[5:23 p.m. 21 de septiembre de 2012]

 

Hablar por teléfono con un amigo al que –pareciera- que hace años luz que no veo. Faltar a trabajar y que nadie se entere. Excepto vos y tu conciencia. Y que tu conciencia te martirice por ello. Y tu conciencia que no se jacta para nada del hecho. Ese es un principio del resumen de este comienzo del día de primavera.
¿Después? Después fútbol: ir desanimado, pero que el mundo nos sonría, nos muestre su cara amable, nos salude con amor, con alegría. Los mismos pases de gol que tus compañeros nunca te dan, hoy te los dieron y llenaste el arco contrario de una cantidad que se volvió innumerable. Es raro. La vida es rara. No he perdido mi capacidad de sorpresa, apenas la de adaptación a algunos medios (ambientes).
Emprender un viaje a ninguna parte. ¿A ver adónde me lleva?
Aterrizo, escarbando en multiplicidad de carpetas de música, pongo el Marque Moon de Television. Banda de los ´70 a la que recurro cuando pasa algo como esto. ¿Qué es esto? Esta soledad, esta inmediatez con la nada. Con los barrotes de viejas brujerías desechas. Con la pasión erosionada por escribir, por describir ciertos estados del alma.
Pollo en la Essen. Huevos hervidos + tomates (no verdes, no fritos) + arvejas + zanahoria. Y yo sin hambre. Con un tinto que huele a calambre, a esperanza, a pronunciaciones fantasmagóricas y atorrantes.
¿Y “mi” gato? ¿Desde cuándo me empezó a preocupar su ausencia, siempre tan anunciada? ¿Y a partir de cuando creía que era “mío”? Nada me pertenece. Ni la sílaba más pequeña. Ni este relato, que se convierte –cada vez más- en algo errático y confuso, en pura catarsis o expulsión demoníaca. Pero cierto que las palabras confunden. Y lo verdadero es que lo bonito es el silencio. Este silencio.
                                                                                 [11:16 p.m. 21 de septiembre de 2012]

Bisturí, sístole y bostezo (o síndrome de las cosas que pasan)

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Bisturí, sístole y bostezo (o síndrome de las cosas que pasan)
[Cadáver exquisito con DLR]

Ese, fue uno de esos días en que no existe lugar del mundo en dónde repararse. Se siente incómodo todo ropaje, no ofrece abrigo la manta de la cama, los pájaros vuelan en estampida y no hay más boletos capicúa, ni tréboles, ni huesos de pollo que puedan con la suerte.

Que el pronóstico anuncie buen tiempo, y entonces salir sin paraguas, pero que a media mañana: el cielo abra su furia y omnipotencia, y nos encuentre frágiles e inermes. Intentar volar, pero comprobar que un ala está herida. Querer bailar con una pierna rota. Querer crecer e involucionar. Querer callar y terminar hablando. Querer no escribir y ser un grafómano.

En esos días es mejor atarse los zapatos sin cordones, abrir todos los cierres relámpago, para que no se dispare la tormenta, ponerle mermelada por el borde a la tostada (por eso de las leyes de Murphy), y sacar a pasear al pez en su burbuja…por si el techo se desploma. Ese día, al menos, hice todo eso.

Se saca a pasear al pez con una soga al cuello, cual can. Se viste y pinta uno de colores variopintos, cual payaso. Agarra el espejo más grande del universo y frente a él: reírse hasta quedar tendido agarrándose la panza, recordando paulatina y brevemente el poco afán por la tragedia, lo insignificante que son los problemas ante la prueba y error del absurdo (y del escándalo).

Entonces, si uno logra quedar frente a ese espejo, si uno ríe hasta quedar doblado por la risa, recobra la vista. Se puede ver el mundo. Comenzar, o volver a ver, según el caso. ¿Qué sería lo deseable, qué debería ordenarse, o por el contrario, derivar en la más pura entropía si se tiene la posibilidad de recobrar un don tal? Sacarse la ceguera requiere de una obra de restauración.

“Encaracolarse”, balbucear una sandez, aunque sea chiquitita, como para salirse del letargo, desparramando la modorra como un perro mojado que se sacude. Decir, por ejemplo, la palabra “universo” y contemplar a pura ciencia cierta cómo esa articulación, en apariencia anodina va formando figuras multicolores en toda la habitación. Como despliega su magnificencia y va cobrando sentido, hasta llegar a ser un perfecto salto de espaldas y en el aire y entonces quedar por un instante suspendido en el espacio: no saber si se atravesará o no la imaginaria barra horizontal.

¿Qué nos espera del otro lado? ¿Qué es lo que hace que en esas milésimas de segundo el aire sea un bisturí desgarrando la masa contorneada de un cuerpo que se retuerce, se estira, se quiebra, en una forma única que alcanza el dolor de la belleza?
Salto al vacío en el que no adivinamos de qué cara caerá la moneda.

Jugarse la suerte en un “cara o cruz”. Mientras la moneda da vueltas en el aire, el riesgo hiela la sangre, el corazón dispara una sístole de más. Cuando la moneda cayó en la mano, ella se cierra. No deja ver el resultado del azar. Brota el silencio.

Una posibilidad es ganarle a la moneda. Luego de haber transitado infinitas veces correr el sudor frío, las manos temblorosas, el nudo en la garganta, el trago amargo, el corazón saltando del pecho, el quedarse helado, el morir de miedo… el no querer mirar, ver y no ver… aún los queda el artilugio de desafiar a la moneda.
Esta vez soy yo quien elige: Elijo “cara”.

Cruz en la mano que se abre. Cruz en las espaldas y Cristo en la cruz. Cruzarse de vereda, cruzar los dedos, cruzar en diagonal. Cualquier crucifixión arroja su pascua, su resurrección.

¿Qué otra cosa acaso que rendirse ante la evidencia de los hechos? Plan a: Escribir el manual del buen perdedor, barajar y dar de nuevo, arrojar los dados (esta vez) cruzando los dedos. Plan b: no hay plan. Ya no aguardar sentado a la diosa fortuna. Entonces, al voltear la vista al cielo (sin esperar los peces) el universo se transforma en un puro festival para los ojos, ni más ni menos que eso, al que miro extasiada.

Torcer la vista por flojo, por perezoso, por bizco, por torpe. Que aquella estrella no diga ningún nombre, ni siquiera el mío. Intentar un festival de besos con la mente, pero que la imaginación yerre en el fantaseo. Abrazar una almohada, morder una sábana y nunca escribir. Nunca escribir porque no hay ganas. Ni siquiera aquí y ahora.

La opción: esperar a que el día finalice. O por lo menos, este. Volver la almohada a su lugar, borrar cualquier vestigio de mordida en la sábana e intentar dormir, a fuerza de pastillas para no soñar. El despertador sonará a las 6: 00. Mañana hay que cubrir el festejo del “día de la marmota”. Todo empieza otra vez.

Repetición cruda y concisa. Repetición de los soles y de las realidades. Repetición certera y eficaz. Repetición de la repetición y repetición por pura repetición. Fatalidad circular y falta de fuerzas (de estrategias) para romperla. Tirar la toalla y abandonarse. Y luego de esa muerte sí, que al fin el rayo de luz sea otro.

Estirar el brazo antes que el despertador suene, ganándole de mano. Despertar por ese rayo de luz que nos da en la cara, que se cuela entre las cortinas, que en sí, es otro. Y eso lo cambia todo: ya no ver más que luz en cada cosa, o mejor, ver la luz de las cosas. Verlas iluminadas, con claridad, captar lo claro aún en la opacidad. Verlo todo distinto. Renacer de nuevo, con la luz.

La ciudad da su primer bostezo del día, estira los brazos y se despereza; entre el tránsito: rostros anónimos que aún no tienen biografía. El café caliente le recuerda a cada alma, cuál es su vida. Las medialunas le avisan a cada cuerpo su posición en el espacio. Espíritus que lentamente salen de su anonimato y se van incorporando al mundo. Luego: vientres, flores, imitación de clowns, olores a pan caliente, fríos que se cuelan por hendijas de ropas que la gente olvidó cerrar del todo, narices rojas, bufandas, trajes u overoles, fábricas u oficinas, destinos de trabajos, seres vagando: todavía nadie sabe del todo quién es quién.

Objetos y soledades (o exageraciones)

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(“La venta finaliza hoy” stencil de BANSKY)

Objetos y soledades (o exageraciones)

 

“Me pego un tiro con una palabra,
Que alguna vez me  fue tan transparente(…)
Voy hacia el fuego como la mariposa
Y no hay rima que rime con vivir”
(El témpano, Adrian Abonizio)

 

“Como si hubiera donde hacerse fuerte (…)
como si alguien de veras me quisiera,
(Como un dolor de muelas, Subcomandante Marcos/Sabina)

 

Tengo todos los síndromes juntitos. Los habidos y por haber. Esto es una desgracia continua, una fatuidad perpetua que navega en una nada, un vacío adentro de otro, un robo a mano armada de las letras y de los infortunios.

Meto la mano en la lata. Meto el pescuezo en un pozo. Me hundo en un río de gusanos y de víboras, almuerzo el vómito de los más desprotegidos. Cómo si alguien en el mundo pudiera vivir  desangelado en serio, seco por dentro.

Meto marcha atrás, pero voy indefectiblemente hacia adelante. Sin poder contenerme, pero sin dejar de sufrir. ¿Quedan balas en la recámara del tiempo? ¿Se puede uno suicidar con una palabra, por más que ayer que haya resultado “tan transparente?. ¿Y si no hubiera fuego, y si no hubiera mariposa, y si no hubiera mariposa que vaya hacia el fuego? ¿Y si no hubiera nada más que la agridulce sensación en el estómago de estar muriendo de a poco y de tristeza? ¿Y si ayer fuera peor que mañana y que pasado y que traspasado? ¿Y si no hubiera dónde hacerse grande, ni fuerte, ni alguien que de veras me quisiera? ¿Y si sólo existieran preguntas en el aire, en una mente, en un putrefacto artefacto de sentidos, en un cuerpo desnudo y estaqueado azotado por el frío y por el viento? ¿Y si pudiera parar de dudar o de no-sentir, o de sentir demasiado?¿Y si esto no fuera más que el largo capricho del insomnio, o de una bonita resistencia ante el crudo carnaval de máquinas al unísono trabajando y trabajando, cobrando un sueldo detrás de otro, bien ordenaditos, perfectamente programados, para ir a consumir y devorar, a mal gastar y bien gastar, a juguetear en la cuerda floja del ahorro y del despilfarro, a caminar por la cornisa del debe y el haber, de la vana acumulación de objetos y soledades?