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John Kirk. Dalmiro Saénz. Setenta veces siete. PDF

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DALMIRO

El actual cuento que comparto, del escritor argentino Dalmiro Saénz, pertenece a la 11° edición del libro Setenta veces siete (1972). Que tuvo su primera publicación en diciembre de 1957.

John Kirk es el primero de los cuentos del libro y está escaneado desde el original. Si bien para los exquisitos de los detalles puede no ser del todo agradable, se deja leer.

Si a alguien le interesa alguno del resto de los cuentos, hágamelo saber y lo estaré subiendo. Bájenlo por internet explorer con alguna cuenta asociada, porque google crhome les puede tirar un error de seguridad. Más allá de que el archivo no está infectado

http://www.4shared.com/office/002tOx_Fce/CONTRAPORTADA_70_DALMIRO.html

 

 

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La Palabra del silencio

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la-virgen-maria-3197

Y el silencio

Como toda

Voz sonora,

Como todo grito

Desgarrador,

Descomunal,

Ensordecedor.

 

Y el silencio,

Como toda palabra

Guardada en el corazón

(Humildemente

Meditada).

 

Y el silencio,

Del amor,

Colándose

Por cada pequeña

Rendija,

Que hayamos

Dejado sin cerrar.

 

Y el silencio,

Como toda

Sabiduría esencial,

Infinita.

 

 Y el silencio

Observante de cada

Cortejo de pájaros,

Contemplante:

De cada acto de amor natural

Sobre la faz del universo.

 

Y el silencio

De Dios,

Que se hace abrazo,

Presencia,

Carne

Y Palabra.

 

Resurrecciones

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C

“Pronto verán: Resurrecciones en el mundo”
(Dos edificios dorados, letra de David Lebón)

 

Resurrecciones

 

Si atrás de cada tormenta

Se escondía un río de sonrisas.

Si atrás de cada traición,

Se abrían mil inesperadas

Puertas floridas.

 

Si atrás de lo agónico,

Se hallaba la felicidad,

El encuentro,

Lo mágico, lo misterioso,

Lo único, lo duradero

Y lo perfecto.

 

Si apenas, dos pasos,

Más adelante en el tiempo,

Aguardaban la dicha

Y el encanto,

Lo sublime y lo bonito.

 

Si el dolor era una excusa,

Para que la plenitud

Sea completa

De a de veras,

Majestuosa y triunfal.

Altanera, prepotente

Y elegante.

 
 

Si cada Pascua,

Y cada crucifixión,

Eran la irracional desazón,

De no comprender,

Que después de ellas,

Vendría la más hermosa

De las resurrecciones.

Dos días en un día

Publicado en

Dos días en un día

Cuesta arriba o cuesta abajo. La cuesta cuesta. Y ¡ay! Si me pesan los pies y los engranajes granujas de este reloj. Que todo lo sepulta y atraganta, que todo lo regula y lo aguarda, que todo lo maneja a su capricho o antojo.
¿Y mis teorías acerca de la nada? ¿Y mis teorías acerca de los “algos”? ¿Y mi insensatez? Tan inquebrantable y persistente.
Hoy sería mejor conseguir un montículo de hojas secas de otoño y bajo su cobijo dormir con los amigos de la infancia –en la infancia-. Que Dios trampee un poco el tiempo y nos meta de nuevo en la niñez, en la inocencia, en el conocimiento sólo de la bondad. Y así, en un pasto amarillento de inmensos terrenos baldíos de un pueblo perdido, taparnos el cuerpo con hojas otoñales, dejando solamente afuera la cabeza para poder contemplar el cielo y las viajantes nubes que por él pasean. Haciendo una frazada de hojas, que nos una, que nos alivie, que nos haga soñar una y otra vez con aquello que seremos en el futuro. Soñar con ser grandes, soñar con ser libres, proyectar para adelante un horizonte de bienaventuranza. Soñar con soñar.
¿Hay algo más dulce aquí y ahora que el recuerdo de atardeceres interminables, donde el tiempo parecía no transcurrir jamás, donde la felicidad se resumía en charlar con los amigos, en la amistad charlada? Donde nubes dibujaban cosas, donde cosas eran dibujadas por nosotros en el rastro de las nubes. Donde los mismos terrenos podían convertirse en un potrero, en una cama gigante o en el perfecto lugar para remontar barriletes.
Cuesta arriba o cuesta abajo. Cuesta. Escalar cuesta. Descender cuesta. Cuesta la cuesta. -¿Cuánto cuesta? -¿Es barato?, “deme dos”.
Cuesta arriba o cuesta abajo. Votar cuesta. Pensar cuesta. Democratizar cuesta. ¿Cuánto cuestan las encuestas? ¿Encuestar cuesta? ¿Cuesta arriba o cuesta abajo?
[5:23 p.m. 21 de septiembre de 2012]

 

Hablar por teléfono con un amigo al que –pareciera- que hace años luz que no veo. Faltar a trabajar y que nadie se entere. Excepto vos y tu conciencia. Y que tu conciencia te martirice por ello. Y tu conciencia que no se jacta para nada del hecho. Ese es un principio del resumen de este comienzo del día de primavera.
¿Después? Después fútbol: ir desanimado, pero que el mundo nos sonría, nos muestre su cara amable, nos salude con amor, con alegría. Los mismos pases de gol que tus compañeros nunca te dan, hoy te los dieron y llenaste el arco contrario de una cantidad que se volvió innumerable. Es raro. La vida es rara. No he perdido mi capacidad de sorpresa, apenas la de adaptación a algunos medios (ambientes).
Emprender un viaje a ninguna parte. ¿A ver adónde me lleva?
Aterrizo, escarbando en multiplicidad de carpetas de música, pongo el Marque Moon de Television. Banda de los ´70 a la que recurro cuando pasa algo como esto. ¿Qué es esto? Esta soledad, esta inmediatez con la nada. Con los barrotes de viejas brujerías desechas. Con la pasión erosionada por escribir, por describir ciertos estados del alma.
Pollo en la Essen. Huevos hervidos + tomates (no verdes, no fritos) + arvejas + zanahoria. Y yo sin hambre. Con un tinto que huele a calambre, a esperanza, a pronunciaciones fantasmagóricas y atorrantes.
¿Y “mi” gato? ¿Desde cuándo me empezó a preocupar su ausencia, siempre tan anunciada? ¿Y a partir de cuando creía que era “mío”? Nada me pertenece. Ni la sílaba más pequeña. Ni este relato, que se convierte –cada vez más- en algo errático y confuso, en pura catarsis o expulsión demoníaca. Pero cierto que las palabras confunden. Y lo verdadero es que lo bonito es el silencio. Este silencio.
                                                                                 [11:16 p.m. 21 de septiembre de 2012]

Bisturí, sístole y bostezo (o síndrome de las cosas que pasan)

Publicado en

 

Bisturí, sístole y bostezo (o síndrome de las cosas que pasan)
[Cadáver exquisito con DLR]

Ese, fue uno de esos días en que no existe lugar del mundo en dónde repararse. Se siente incómodo todo ropaje, no ofrece abrigo la manta de la cama, los pájaros vuelan en estampida y no hay más boletos capicúa, ni tréboles, ni huesos de pollo que puedan con la suerte.

Que el pronóstico anuncie buen tiempo, y entonces salir sin paraguas, pero que a media mañana: el cielo abra su furia y omnipotencia, y nos encuentre frágiles e inermes. Intentar volar, pero comprobar que un ala está herida. Querer bailar con una pierna rota. Querer crecer e involucionar. Querer callar y terminar hablando. Querer no escribir y ser un grafómano.

En esos días es mejor atarse los zapatos sin cordones, abrir todos los cierres relámpago, para que no se dispare la tormenta, ponerle mermelada por el borde a la tostada (por eso de las leyes de Murphy), y sacar a pasear al pez en su burbuja…por si el techo se desploma. Ese día, al menos, hice todo eso.

Se saca a pasear al pez con una soga al cuello, cual can. Se viste y pinta uno de colores variopintos, cual payaso. Agarra el espejo más grande del universo y frente a él: reírse hasta quedar tendido agarrándose la panza, recordando paulatina y brevemente el poco afán por la tragedia, lo insignificante que son los problemas ante la prueba y error del absurdo (y del escándalo).

Entonces, si uno logra quedar frente a ese espejo, si uno ríe hasta quedar doblado por la risa, recobra la vista. Se puede ver el mundo. Comenzar, o volver a ver, según el caso. ¿Qué sería lo deseable, qué debería ordenarse, o por el contrario, derivar en la más pura entropía si se tiene la posibilidad de recobrar un don tal? Sacarse la ceguera requiere de una obra de restauración.

“Encaracolarse”, balbucear una sandez, aunque sea chiquitita, como para salirse del letargo, desparramando la modorra como un perro mojado que se sacude. Decir, por ejemplo, la palabra “universo” y contemplar a pura ciencia cierta cómo esa articulación, en apariencia anodina va formando figuras multicolores en toda la habitación. Como despliega su magnificencia y va cobrando sentido, hasta llegar a ser un perfecto salto de espaldas y en el aire y entonces quedar por un instante suspendido en el espacio: no saber si se atravesará o no la imaginaria barra horizontal.

¿Qué nos espera del otro lado? ¿Qué es lo que hace que en esas milésimas de segundo el aire sea un bisturí desgarrando la masa contorneada de un cuerpo que se retuerce, se estira, se quiebra, en una forma única que alcanza el dolor de la belleza?
Salto al vacío en el que no adivinamos de qué cara caerá la moneda.

Jugarse la suerte en un “cara o cruz”. Mientras la moneda da vueltas en el aire, el riesgo hiela la sangre, el corazón dispara una sístole de más. Cuando la moneda cayó en la mano, ella se cierra. No deja ver el resultado del azar. Brota el silencio.

Una posibilidad es ganarle a la moneda. Luego de haber transitado infinitas veces correr el sudor frío, las manos temblorosas, el nudo en la garganta, el trago amargo, el corazón saltando del pecho, el quedarse helado, el morir de miedo… el no querer mirar, ver y no ver… aún los queda el artilugio de desafiar a la moneda.
Esta vez soy yo quien elige: Elijo “cara”.

Cruz en la mano que se abre. Cruz en las espaldas y Cristo en la cruz. Cruzarse de vereda, cruzar los dedos, cruzar en diagonal. Cualquier crucifixión arroja su pascua, su resurrección.

¿Qué otra cosa acaso que rendirse ante la evidencia de los hechos? Plan a: Escribir el manual del buen perdedor, barajar y dar de nuevo, arrojar los dados (esta vez) cruzando los dedos. Plan b: no hay plan. Ya no aguardar sentado a la diosa fortuna. Entonces, al voltear la vista al cielo (sin esperar los peces) el universo se transforma en un puro festival para los ojos, ni más ni menos que eso, al que miro extasiada.

Torcer la vista por flojo, por perezoso, por bizco, por torpe. Que aquella estrella no diga ningún nombre, ni siquiera el mío. Intentar un festival de besos con la mente, pero que la imaginación yerre en el fantaseo. Abrazar una almohada, morder una sábana y nunca escribir. Nunca escribir porque no hay ganas. Ni siquiera aquí y ahora.

La opción: esperar a que el día finalice. O por lo menos, este. Volver la almohada a su lugar, borrar cualquier vestigio de mordida en la sábana e intentar dormir, a fuerza de pastillas para no soñar. El despertador sonará a las 6: 00. Mañana hay que cubrir el festejo del “día de la marmota”. Todo empieza otra vez.

Repetición cruda y concisa. Repetición de los soles y de las realidades. Repetición certera y eficaz. Repetición de la repetición y repetición por pura repetición. Fatalidad circular y falta de fuerzas (de estrategias) para romperla. Tirar la toalla y abandonarse. Y luego de esa muerte sí, que al fin el rayo de luz sea otro.

Estirar el brazo antes que el despertador suene, ganándole de mano. Despertar por ese rayo de luz que nos da en la cara, que se cuela entre las cortinas, que en sí, es otro. Y eso lo cambia todo: ya no ver más que luz en cada cosa, o mejor, ver la luz de las cosas. Verlas iluminadas, con claridad, captar lo claro aún en la opacidad. Verlo todo distinto. Renacer de nuevo, con la luz.

La ciudad da su primer bostezo del día, estira los brazos y se despereza; entre el tránsito: rostros anónimos que aún no tienen biografía. El café caliente le recuerda a cada alma, cuál es su vida. Las medialunas le avisan a cada cuerpo su posición en el espacio. Espíritus que lentamente salen de su anonimato y se van incorporando al mundo. Luego: vientres, flores, imitación de clowns, olores a pan caliente, fríos que se cuelan por hendijas de ropas que la gente olvidó cerrar del todo, narices rojas, bufandas, trajes u overoles, fábricas u oficinas, destinos de trabajos, seres vagando: todavía nadie sabe del todo quién es quién.

Agónico exquisito (o el cadáver que no quería morir). [cadaver exquisito]

Publicado en

Pintura: “Se encontraron en la punta de sus confusiones” de Felipe Giménez

 

Agónico exquisito (o el cadáver que no quería morir)

Quiso venir, quiso llegar, “curado de espanto”, tentando a las vicuñas, a los soles, a los dioses. Almibarando su cerrado corazón, con un recuerdo bonito, con un beso que se fugó.
Las cosas que se fugan, evaden la urgencia de detener el tiempo en un acto infinito, imperecedero y paradójicamente, aún en la mayúscula evasión, dejan una estela imperceptible que conduce a todo buen caminante por un desfiladero del que nunca se yerra si se quiere alcanzar la nostalgia.
Una estela invisible, como una huella en la arena, como el cajón multicolor de los recuerdos, que abierto de par en par hace que se escapen de sus veteadas paredes marrones: barriletes andariegos, poesías soñadas que jamás se escribirán, suspiros al aire de adolescentes enamorados, la loca risa juvenil de vivir tropezando sin dar explicaciones, alimentada por su propio tropiezo y por su propia falta de explicaciones.
Cuando se sana del espanto, alguna cosa recobra algún sentido. Amanecer, por ejemplo. El hálito humeante al contacto con el aire helado, la bocanada de vapor, nos revela de pronto, lo lúdico. Una taza de café caliente alcanza una magnificencia inexplicable, su olor puede incluso emocionarnos. Un día de viento regala la excusa para carretear un barrilete y entonces, tal vez, se vuelve a tropezar uno con la risa.
Breve artilugio del lenguaje: sin razón a secas, razón a secas, la boca seca. Hálito, humeante, helado. Vapor, café, viento, barrilete, risa. Gusto a frutilla, un pullover con un olor suave: mezcla de tabaco (de la noche anterior) y de perfume. Sentidos, sonidos, latidos. -¿Veo veo?-¿qué ves?-una cosa-¿qué cosa?-maravillosa -¿de qué color?-color…color…violeta
Jugar. Tan solo eso. Volver a jugar, o jugarse, a perder o ganar. Tener ganas, canjear figuritas repetidas por nuevas, dar de comer a los peces, a las palomas, a las hadas, saltar los charcos, pisar todas las hojas secas de la vereda, dibujar, dibujar letras, garabatear, escribir, delirar, volver a escucharnos reír.
Tiempo. Tiempo de volver o de cosechar, tiempo de alabanzas o de implorantes rezos. Tiempo en que la lluvia besa los trigales, tiempo de inundación y de represalias. Tiempo sin tiempo. Acorazado tiempo. Tiempo de vaivenes y de calmas supremas. Tiempo sin relojes. O sin relojes de arena. O sin arena. Estrujante tiempo. Divino tiempo. Soberbio tiempo.
Desanestesiarse. Lo aséptico, lo analgésico, lo anestésico, lo esterilizado, lo inmaculado, lo impoluto. Lo escéptico, lo incrédulo, lo medroso, lo escrupuloso. Vaciarse. Quitarse estos ropajes, poner en piel, lo que en el mundo existe, sentir. Sentir a tiempo.
Lo socrático. Lo retórico. Lo retorcido. Lo siniestro. Lo ominoso. Lo simple, lo llano, lo sencillo. El amor como una palabra más, como una estructura vacía de sentido. EL AMOR rompiendo toda estructura del lenguaje, desarticulando las arterias, los verbos, los racimos, los versos, las angustias. Escandalizando al universo. Volviéndolo habitable.
Encontrar un lugar habitable. Habitarlo. Haber lamido suficientemente cada herida, sin ocultar la piel al sol.
Fatiga de vivir soñando. De encontrarme y de perderme. De encontrarse y de perderse. Que la madrugada no tenga horas. Ni principio, ni final. Que sea por una vez en la vida: un diminuto rayo de sol que alimenta el alma.
Lo esencial, realmente solo es “visible” para aquel que asume ir más allá de lo aparente, para el que corre el velo, para quien está advertido de su ceguera, y la deja caer.
Un velo que cae: una ingenuidad que se pierde. Una apariencia que se dibuja en una taza de té de limón. Trepar, trepar terrazas, “trepar radares militares”; trepar cicatrices y peces. Trepar cinturas, trepar al cielo intentando abrazarlo. Luego, enmudecerse, sintiendo el viento en la cara.

Y el viento sopló. Y arrebató a su paso todas las hojas
y los peces… y los velos.
Lejos sopló.
Fuerte, sopló.
Acaso se llevó sin saberlo,
de viaje,
al alma.
Derrumbe desde el la azotea más alta.
Rastreo en los zócalos y en las baldosas,
De las migajas, de los restos, del más
Milimétrico rasgo de lo que se ha sido.
Buscar, merodear las esquinas, viejos bares, almacenes, puertos, estaciones de tren, baldíos. Olores en el aire, en un viejo saco, restos en los bolsillos. Revisar dentro de libros, en los cajones, debajo de la cama. Bajo el felpudo donde duerme el gato.
Entre las fotos. En las enciclopedias, entre expedientes, entre las boletas de impuestos. En el canasto de la ropa, en la heladera, en el agujero en la madera de la mesa, en el espejo. En el fondo de la caja de Pandora.
Y no hallar. Que los peces se escapen de las manos, que las respuestas no contesten lo que preguntamos. Mirar para arriba y que un grandísimo signo de ? esté sosteniendo el universo. “Restregarse con arena el paladar”, como en un tango fatal, como en un tango bailado en solitario y sin partenaire. Y, ahí, justo en esa desdicha y en esa desazón: que el trino tonto del gorrión vuelva, para iluminarnos, para darle risa a la risa, vida a la vida.

[cadaver exquisito con DLR]

Canelones por Hernán Casciari

Publicado en

Publicado en http://orsai.bitacoras.com/

Canelones

Hernán Casciari | 19 de abril, 2007

I.

A las bromas telefónicas las llamábamos ‘cachadas’ y eran tan antiguas como el teléfono. Había una gran variedad de métodos, pero casi todos tenían como objeto molestar a un interlocutor desprevenido; sacarlo de las casillas, desubicarlo. Con el Chiri nos convertimos en expertos cuando promediábamos el secundario. Éramos magos al teléfono. Pero entonces ocurrió una desventura que nos obligó a abandonar el profesionalismo. Una historia que aún hoy nos recuerda que llevamos la maldad dentro del cuerpo.
Empezamos, como todo el mundo, siendo niños. Cuando los teléfonos eran negros, a disco y del Estado. Las primeras cachadas infantiles siempre tienen como víctima a personas que se apellidan Gallo (nadie sabe por qué, pero es así). En la guía telefónica de Mercedes había nueve y los llamábamos a todos, uno por uno.
—Hola, ¿con lo de Gallo?
—Sí —decían del otro lado.
—¿Está Remigio?
—Acá no vive ningún Remigio.
—Disculpe, entonces me equivoqué de gallinero —y cortábamos, muertos de la risa.

Existían docenas de estas bromas básicas, y siempre nos las copiábamos de hermanos mayores o primos que ya se dedicaban a otras más elaboradas. Como se comprende, las primeras incursiones en el oficio buscaban sólo la propia risa: una carcajada limpia que no causaba grandes molestias a la víctima.

Ah, ojalá nos hubiésemos quedado en ese punto muerto de la infancia, donde no existen la maldad y la culpa. Pero no: debíamos avanzar, y avanzamos.

En los pueblos chicos siempre circulan rumores, informaciones y datos sobre la existencia de vecinos propicios a las cachadas. Vecinos a los que llamábamos ‘chinches’. Se trataba de una clase de señor mayor que, ante una broma telefónica, desataba toda la fuerza de su ira y era incapaz de colgar el teléfono. Alrededor de los diez o doce años, nos llegó una información de primera mano: había que llamar al señor Toledo y decir la palabra clave.
—Hola, ¿hablo con lo de Toledo?
—Sí.
—¿Está “cornetita”?
Ésa era la contraseña para que el señor Toledo, que tenía la voz aguda y estridente, comenzara a insultarnos con frases llenas de palabras groseras, resoplidos desopilantes y desenfrenados neologismos. Nos poníamos el Chiri y yo en el mismo auricular e imaginábamos a Toledo en su casa, en calzoncillos, con los cachetes de color borravino y sacando humo por las orejas. Cuando, a los diez minutos, su diatriba perdía la fuerza y sus pulmones el aire, sólo era necesario decir “pero no se enoje, cornetita” para que todo comenzara otra vez. Era el desiderátum.

Pero el niño crece, y con él madura también la ambición, la estructura dramática y —aún dormida— gana forma la maldad. Con el Chiri no tardamos en aburrirnos de invisibles Gallos y Toledos, que sólo eran voces incorpóreas detrás de un cable, y nos pasamos al nivel de las cachadas en tres dimensiones, que tenían como víctimas a sujetos presenciales.

A las siete de la tarde, el pelado de enfrente comenzaba a cerrar su negocio para volver a casa, sin haber vendido nada en cinco horas de aburrimiento. Nosotros podíamos verlo, resignado, desde la ventana del comedor. Cuando el pelado bajaba la persiana pesadísima del local, justo antes de poner el candado, lo llamábamos por teléfono. El pobre hombre, que no quería perder una venta, se desesperaba y abría otra vez la persiana, corría hasta el fondo del negocio y, al quinto o sexto timbre, decía jadeante:
—Alfombras Pontoni, buenas tardes.

Colgábamos.

Al rato lo veíamos otra vez, humillado y vencido, cerrar la persiana gigante; le costaba el doble. Su vida era una mierda, se le notaba en los ojos y en la curvatura de la espalda. Entonces el pelado escuchaba otra vez el teléfono dentro del local. “Si el que ha llamado antes llama ahora, quiere una alfombra con urgencia”, pensaba el comerciante, y otra vez le bombeaba el corazón, y otra vez levantaba la persiana, otra vez corría hasta el fondo, y otra vez decía ‘alfombras Pontoni, buenas tardes’, con un hilo de voz.

Colgábamos. Colgábamos siempre.

Un día repetimos el truco tantas veces, pero tantas, que al enésimo llamado falso el pelado no tuvo más remedio que decir ‘alfombras Pontoni, buenas noches’.

Hubiéramos seguido así hasta el final de los tiempos, pero un año después nos dimos las narices contra el futuro. Al primer llamado, el pelado Pontoni sacó del bolsillo un mamotreto con antena y dijo “hola”. Se había comprado un inalámbrico.

La llegada de la tecnología, antes que amilanarnos, propició nuevos métodos de trabajo. Cuando en casa tuvimos el segundo teléfono (uno con cable, otro no) con el Chiri inventamos la telefonocomedia, que era una forma de cachada a dos voces con receptor pasivo. Consistía en llamar a cualquier número y hacer creer a la víctima que estaba interrumpiendo una charla privada.
VICTIMA: —¿Hola?
CHIRI (voz de mujer): —…claro, pero eso es lo que te gusta.
VICTIMA: —¿Diga?
HERNAN (voz masculina): —Lo que me gusta es chuparte el culo.
CHIRI: —Mmmm, no me digas así que me se ponen las tetas duras.
VICTIMA: —¿Quién es?
HERNAN: —Yo lo que tengo dura es la poronga, (etcétera).

El objetivo de este reto dramático era lograr que el interlocutor dejara de decir “hola” y se concentrara en nuestra charla obscena, como si se sintiera escondido debajo de una cama de hotel. Cuanto mejores eran nuestras tramas, más tardaba la víctima en aburrise y colgar. Fue, supongo, un gran ejercicio literario que nos serviría —en el futuro— para mantener a los lectores atrapados en la ficción de un relato. Una tarde, después de diez minutos de telefonocomedia, una de nuestras víctimas comenzó a jadear, y nos dio asco.

Con dieciséis años, o diecisiete, ya podíamos considerarnos profesionales del radioteatro. Habíamos ganado en pericia escénica, en impronta y, sobre todo, en naturalidad de reflejos. El Chiri y yo faltábamos a las clases vespertinas de gimnasia y nos encerrábamos en casa con dos o tres teléfonos, un grabadorcito Sanyo y algunos elementos para generar sonidos de lluvia, de tráfico, de incendio, de ventisca. También teníamos a mano claras de huevo, por si era necesario cambiar los matices de la voz.

No nos hacía falta hablar entre nosotros: nos comunicábamos con gestos y miradas, como locutores de radio detrás del vidrio. Hacíamos magia. Éramos capaces de mandar a un desconocido a la Municipalidad a buscar un impuesto inexistente, seducir a la secretaria de un médico hasta enamorarla, hacer sonar la sirena de los bomberos en el momento que se nos ocurriera y convencer al kiosquero de la 19 y 30 que estaba saliendo en directo para una radio de Luján.

Nos creíamos dioses, y quizás por eso tocamos fondo en el cenit de nuestra gloria.

II.

Promediaba el año ochenta y ocho. Lo recuerdo porque ya usábamos relojes digitales para cronometrar nuestras hazañas. Era de noche y mis padres no estaban en casa. Hacía horas que, con el Chiri, jugábamos un juego apasionante: hacer durar a la víctima en el teléfono a cualquier precio. Cuando te convertís en un profesional de la cachada volvés a lo básico, a lo simple. El mecanismo del juego era llamar a cualquier número y sacar una conversación de la nada. El reloj corría desde el “hola” y hasta el “clic” de cierre.

Esa noche Chiri llevaba una performance ideal: había logrado una conversación de 17m 12s con una señora, diciéndole que hablaba desde la tintorería. Tuvieron una charla graciosísima sobre el planchado en seco y acabaron cantando “Nostalgias” a dúo. Chiri la paseó por donde quiso, con guiños magistrales y toques de genialidad. Era imposible que yo pudiera superar esa maniobra.

Tiré los dados. Me salió el 24612. Marqué el número. Chiri tenía el cronómetro en la mano y me miraba cancherito. Cuando la voz de una vieja dijo “hola” comenzó a correr el segundero.

Yo había desarrollado una técnica, una marca de la casa, que sólo usaba en momentos clave. Era un sistema muy arriesgado que consistía en poner una voz masculina estándar, atónica, pausada, y provocar que la víctima adivinase mi identidad. Aquella noche, en la que sería la última cachada de mi vida, utilicé este método.
—¿Quién habla? —preguntó la vieja después de mi “hola”.
—Lo que faltaba —dije— ¿Ya ni de mi voz te acordás.

Eso era un peón cuatro rey. La apertura clásica. Generaba del otro lado sensación de familiaridad. Siempre hay un sobrino que ha crecido y le ha cambiado la voz, o un ahijado; siempre.
—No sé —dijo la vieja—. ¿Con quién quiere hablar?
—¡Con vos, boludona!
Jugada arriesgadísima. Yo estaba sacando la reina al medio del tablero. Muy poca gente del entorno de una vieja le dice “boludona”. Pero si quería superar el tiempo de Chiri, tenía que actuar como un kamikaze. Funcionó:
—¿Daniel! —dijo ella, en ese tono intermedio entre la interrogación y la exclamación. El tono se llama “deseo”.

La entonación del nombre propio me dio un millón de pistas. Daniel no era un sobrino, ni un ahijado, porque el grito de la vieja había sido estremecedor. No podía ser más que un hijo. Posiblemente, único. Y ese mismo dato me llevaba a otra cosa: el hijo vivía lejos y no era muy dado a llamar a su madre. Me tiré de cabeza:
—¡Claro, mamá! ¿Quién va a ser?
—¡Dani, Danielito! —sollozó la vieja, mientras Chiri, en silencio, se sacaba de la cabeza un imaginario sombrero, rendido ante mi jugada.

Ahora, el tiempo corría de mi parte. Me fui a caminar con el inalámbrico, para que Chiri no intentara hacerme reír con gestos. Él se quedó escuchando desde el fijo. En cinco minutos supe que Daniel vivía en el sur (“¿y hace frío ahí?”, preguntó la vieja en pleno septiembre) y también que la relación entre ellos no había sido, en los últimos años, muy afectuosa.
—Papá hubiera querido que estuvieses en su entierro.
—No es fácil, mamá. Hay heridas abiertas, la vida no es tan simple.

Supe que Daniel tenía una esposa, la Negra, y dos hijos. El más chico, Carlitos, no conocía a su abuela. Supe también que la ciudad en la que vivía Daniel era Comodoro Rivadavia, y que trabajaba en una fábrica de televisores. A los doce minutos de charla, cuando ya todo estaba encaminado para superar el récord del Chiri, la vieja empezó a sospechar algo, comenzó a hacer preguntas ambiguas, y debí improvisar.
—¿Pero cómo es que te escucho tan cerquita, nene? —quiso saber ella, y entonces no tuve opciones.
—Mamá —dije, sorprendido por mi crueldad—. Estoy acá, en la Terminal.

Del otro lado escuché un silencio, y después un llanto contenido. Me di vuelta buscando los ojos de Chiri, que me miraba pálido. No sonreía. Yo sentí, por dentro, la pulsión de la maldad. La sentí por primera vez en la vida. Estaba en el estómago, en el pito y en el cerebro al mismo tiempo, como una santísima trinidad diabólica. Con un gesto, le pregunté a Chiri qué tiempo llevaba. 16 minutos.
—No llores, viejita —dije.
—¿Habías venido ya otras veces a Mercedes? —me preguntó con la voz rota— A veces sueño que venís, de noche, y que no pasás por casa…
—No. No, no… Es la primera vez que vengo, te lo juro. Pero no quería aparecer así, de golpe. Por eso te llamé.
—¡Hijo! —gritó ella, desgarrada— ¡Colgá y apurate, vení, vení!
Casi 17 minutos, hacía falta algo más. Cuando supe lo que iba a decir, mi puño izquierdo se cerró. Ahora creo que la maldad ya me había invadido. Creo que no era yo el que hablaba. Eso que no sabemos qué es, eso que nos hace humanos y horribles, ahora estaba enquistado en mí y yo era su marioneta.
—Tengo que hacer un par de cositas antes, y después voy a casa —dije—. Escucháme, mamá. ¿Me hacés canelones? Estoy muerto de hambre.
—Claro, Dani.
—Siempre extraño tus canelones.
—Apurate, yo ahora te hago.
—Un beso.
—Chau, nene. Estoy toda temblando, apuráte.

Y la mujer colgó.

Lo miré a Chiri, que tenía la vista en el suelo. No me miraba, supongo que no podía verme a la cara. Ni siquiera se acordó de parar el cronómetro, así que tampoco supimos quién ganó. Estuvimos un rato largo en los sillones, sin decirnos nada. Media hora más tarde entendimos que en alguna parte de Mercedes había una casa, que en esa casa había una mesa, y que en esa mesa ya humeaba un plato caliente.

Nuestra adolescencia, supimos entonces, duraría hasta que se enfriaran los canelones de Daniel.